En el golf uno descubre pronto que no es el sol abrasador lo que más desgasta, ni las caminatas que parecen interminables. Tampoco es el error de un mal swing lo que cala más hondo. Lo verdaderamente cansado es tener que cuidarse de aquellos que convierten un deporte noble en un juego de trampas con los números.
Lo he visto de cerca. Lo he vivido. Me ha tocado perder, no por falta de juego limpio o por un mal día en el campo, sino por esa resta de golpes irreales que otros anotan con tal de abrazar un trofeo. Y esa es una herida que no se cierra con facilidad. Porque uno se esfuerza, uno se disciplina, uno honra el reglamento… y de pronto se encuentra frente a la mezquindad disfrazada de victoria.
El golf no tiene árbitros detrás de cada golpe; tiene algo más grande: la confianza. Y cuando esa confianza se quiebra, el espíritu del juego muere un poco. Uno deja de anotar solo lo propio y empieza a llevar también las cuentas de los demás, porque las sumas no cuadran. Y en ese instante, el juego deja de ser juego para convertirse en vigilancia, sospecha y desencanto.
He aprendido que el trofeo obtenido con trampas es un metal hueco, incapaz de sostenerse en la memoria con orgullo. En cambio, el verdadero premio lo obtiene quien puede mirarse al espejo sin desviar la mirada, sabiendo que cada golpe anotado fue golpe dado.
Sí, me ha tocado perder por la injusticia de las cifras manipuladas. Pero también he ganado algo mayor: la certeza de que el honor nunca se resta. Y esa certeza, aunque invisible, pesa más que cualquier copa, porque el golf —como la vida— no premia al que hace menos golpes en el papel, sino al que camina el campo con la conciencia limpia.
Damas del Golf Internacional ®

Temas que pueden interesarte
Cuando la justicia del golf se quiebra.
Juego Pitch and Putt
¿Qué es el hándicap en golf?